La luciérnaga y la serpiente

Un día como otro cualquiera, en un campo no muy lejano, una serpiente comenzó a perseguir a una luciérnaga. Una luciérnaga preciosa y muy brillante. Esta huía asustada, no entendía por qué la feroz serpiente se la quería comer. El segundo día seguía huyendo, la serpiente no desistía. El tercero decidió parar de huir, se giró y le dijo a la serpiente:

  • Me rindo. Pero no formo parte de tu cadena alimentaria, no te hecho nada malo. ¿Por qué me quieres comer?
  • Porque no soporto verte brillar.

El micrófono parecía una serpiente.

No se acercaba a él, le daba miedo. Intentaba hablar, dejar salir su luz. Pero solamente salía una voz entrecortada y baja. Tímida. Dolida. Nerviosa. Nervios por contar una historia que nunca antes se atrevió a contar en público. El relato de su luciérnaga, una que no consiguió volar más alto para escapar de la serpiente. Una luciérnaga engullida por el acoso escolar.

Lo intenta, pero no puede. Llora.

Pero María, la madre de la luciérnaga David, quería aprovechar la oportunidad de la campaña Actuemos Contra el Bullying organizada por la ACB y la asociación No al acoso escolar. Así que saca fuerzas para narrar el cuento de su hijo. Quiere que nunca nadie más sea apagado. Le costó, pero lo consiguió.

El silencio de la sala era abrumador.

Carmen Cabestany, presidenta de la asociación está sentada junto a ella. Le acaricia el hombro envuelto en una rebeca negra. Le quiere transmitir su apoyo. Su fuerza para enfrentarse al escaso público que había delante. Un apoyo que le faltó en el momento que más lo necesitaba.

  • Mientras piensa lo que quiere decir, aprovecho para recordar que no hagáis fotos ni grabéis, queremos conservar su anonimato por su expreso deseo. – Avisa mientras le acerca el micrófono.

En realidad no se llama María y su hijo tampoco se llama David. Usaban esos nombres para no desvelar su identidad. Ni nombres ni imágenes, solo los presentes en aquel salón de actos podían ver su rostro. ¿Siguen huyendo de la serpiente?

Encontró las palabras.

Su voz empezó a volar. Aunque no muy alto. Seguía sin acercarse al micrófono, como una luciérnaga cauta ante la serpiente. Pero su voz voló lo suficiente para ser escuchada. Planeó entre el sobrecogido público. Entre el silencio oyente.

Comenzó a narrar.

David tenía 12 años. Su comportamiento ya no era el de antes. Se portaba mal. Apenas hablaba. Solía tener problemas en el instituto, malas notas, pellas, problemas con compañeros. Justo al comenzar el instituto.

María no conocía el motivo, no se lo imaginaba. “Ni siquiera sabía lo que era el bullying”, señaló. Casi todos los días recibía una llamada del centro escolar. Su hijo volvía a dar problemas. Brillaría demasiado. “Teniendo en cuenta como lo veía yo en casa, me lo creía y pensaba que sería cosa suya”, explicó.

Así día tras día durante tres años. “Hasta que un día…”. Se derrumba.

Una mujer sentada en primera fila le acompaña en el llanto. Son familia. Su hermana, la tía de David. Otra mujer con una chaqueta un poco llamativa, blanca con círculos de colores vivos, la abraza desde la fila de atrás. Comprende la sangre de sus ojos y la arropa con fuerza. Ella es la madre de Alba. Otra luciérnaga que más tarde brillará.

“Hasta que un día le acompañé al instituto y lo vi”.

Escuchó los insultos, “maricón”, “feo”, “comepo****”, “tonto” y vio las piedras que le lanzaban a su hijo. “Ya entendía lo que le pasaba a mi hijo, fui al despacho de la jefa de estudios y le pregunté: ¿el problema de David era que no entraba a clase?”.

Pero los tres años de acoso continuaron. Las serpientes no se daban por vencidas. Comenzaron a ir a su casa, daban patadas a la puerta y le gritaban cosas desde la calle.

No podían salir de casa, tenían miedo.

“Un día empecé a escuchar mucho ruido de gente en la calle y me asomé a la ventana. Un grupo de unos 10 o 15 niños, algunos con bates de béisbol, estaban rodeando a otro. Era mi hijo. Le estaban dando una paliza”.

María salió para ayudarle, pero no paraban. Tuvieron que salir corriendo hacia la casa.

Buscó el apoyo de un psicólogo para ayudar a David. Le tuvo que recetar medicación para que pudiese aguantar aquello. Era un infierno que no frenaba. Aceleraba.

Se mudaron a casa de su hermana, la tía de David. A otro pueblo. La luciérnaga continuó huyendo.

  • El día 20 tenía que entrar a su nuevo instituto, el 19 decidió quitarse la vida, se tomó todas las pastillas –termina la frase entre lágrimas.
  • Para que entendáis la gravedad de cómo se encontraba David, cuando su madre le metía los dedos para intentar provocarle el vómito, David le mordía los dedos. Estaba decidido de que quería morir –continuó Carmen Cabestany.

Sobrevivió.

Pero los resultados médicos fueron muy graves. Neumotórax, neumonía e importantes daños cerebrales. Infarto cerebral. Las mordeduras de la serpiente apagaron su luz. Ahora reposa en una cama, ciego y sin poder ingerir comida por vía oral.

“Acabaron con su juventud”, afirmó María.

El hermano de David es otra víctima. Se siente culpable, su hermano le avisó. “¿Pero quién se imaginaría que iría en serio? Nadie”, contó Carmen Cabestany.

María no podía continuar. Intenta brillar por su hijo, pero le cuesta.

El hermano sufre ansiedad, no puede ni acercarse a un instituto. Sufre una crisis cada vez que lo intenta y son los profesores quienes van a su casa a darle clases.

“Sobrevivieron”.

***

Subió los escalones decidida y se sentó en la misma silla que María. Aún llevaba puesto el uniforme de su instituto. El atuendo típico compuesto por una falda corta, una camisa blanca escondida bajo un suéter oscuro con el escudo del centro escolar. Medias negras y zapatos valientes.

Alba no tenía pensado hablar. No quería hacerlo y en su lugar iba a tener lugar otra ponencia, pero María le contagió su valentía y decidió compartir también su caso.

Su nombre es real y el apellido “raro” porque es hispano-holandesa. Explicó que ese era el motivo de su acoso. Su apellido. Tal vez por eso no lo dijo.

La serpiente apareció con 11 años. En sexto de primaria. Ahora tiene 15, aunque ya mismo es su cumpleaños, está en secundaria y ha pasado por tres institutos. En el actual ha conseguido brillar con tranquilidad.

No entendía por qué le hacían eso. Ella solo era una chica normal, iba a su rollo, era trabajadora, constante, no le hacía nada malo a nadie. “Solo quería girarme un día y preguntarles por qué lo hacían. Por qué yo. Qué les había hecho. Pero no lo hice”.

Se cambió de instituto. Pero era en el pueblo de al lado, algunos alumnos estaban conectados y el bullying fue a peor.

  • No tienes ganas de levantarte de la cama ni de seguir día a día. Y… -pausa-, y de acabar con todo -logra decir con la voz entrecortada-.
  • ¿Tu querías acabar con todo? -Le pregunta Carmen Cabestany.
  • Sí, muchas veces. Y lo intenté varias veces, pero todas salieron fallidas gracias a mi madre.

La luciérnaga voló más alto y no paró de brillar.

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